2 ene. 2018

Escuche, entienda primero...

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Un día pregunté a varias personas que habían tenido – o tienen – relaciones de convivencia con sus parejas sobre que se ocupaba para estar bien.

Me dieron varias respuestas, todas válidas. Pero extrañamente fue él que me enseñó una de la más importante para todo tipo de relaciones. (Aunque ya me he leído a  Covey, uno olvida la teoría, sino se práctica).

No voy a explicar la razón de la discusión, porque no fue ni conmigo, pero yo estaba allí, daño colateral.


Honestamente soy una persona impulsiva, que no me quedo callada si algo me molesta,  a pesar de intentar hacer cambios para mantener relaciones más saludables hay aspectos que no he cambiado. Cuando algo no lo entiendo, me cierro… Siempre necesito explicaciones coherentes para mi cerebro, no me gusta creer en algo, sólo porque me lo dicen. No me cierra la ecuación. Soy excesivamente racional, así que a pesar de ser impulsiva, en mi cabeza todo cuadra “racionalmente”. Y eso, no lo entendía, yo solo le daba soluciones, le daba sugerencias para resolver.

Él estaba hecho un Hulk, yo no entendía nada, pero sabía que debía calmarlo y seguía allí con mi discurso sin sentido. Pero no lograba que se calmara porque hablaba desde mi forma de ser… Me parecía que él no tenía la razón y él buscaba que se la diera.

En mi estoica forma de ser y ver que no avanzábamos a ningún lado, le di la espalda, seguí caminando al cuarto, mientras decía,
-Buenas noches.
-No me haga eso. La necesito. Entiéndame, escúcheme.

Me quedé en seco, me volví, le hice señas para que viniera, mientras acomodaba la cama. 

Apagadas las luces, me explicó sus motivos, sus reacciones, la situación. Yo no tenía que pensar como yo, solo tenía que escucharlo. Entenderlo. Hablarlo. Abrazarlo. Dejarlo ser él.

¿Se siente ya mejor? ¿Podemos dormir?

(Máteme, pero la parte que más me dio risa y fue la otra enseñanza)

-¿Quiere coger?

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